Muere Tom Wolfe, escritor y padre del nuevo periodismo

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Tom Wolfe, el reportero cuyo estilo marcó no solo el periodismo sino, también, la literatura y hasta el lenguaje coloquial de Estados Unidos y del mundo, ha muerto. La estrella del llamado Nuevo Periodismo -un término con el que él tuvo una relación problemática, y que alude a la ruptura del formalismo de las noticias con la introducción de elementos literarios- falleció a los 88 años de neumonía en un hospital de Nueva York, la ciudad de la que se hizo devoto y a la que, al mismo tiempo, satirizó durante medio siglo.

En vida, Wolfe dio al mundo varios best-sellers, una inmensa lista de obras maestras del periodismo, y un ego grande incluso para los parámetros de las estrellas de la profesión.

Su legado es un periodismo de crítica cultural marcado por la subjetividad, el histrionismo y la pirotecnia que, sin embargo, nunca utilizó como excusa para inventarse o embellecer sus relatos, al contrario que otros ídolos de las redacciones de su misma generación y estilo.

El estilo de Wolfe fue innovador. Pero su ética profesional se ajustó a las normas más clásicas del oficio.

Su producción abarca cinco décadas y media. En ella hay desde súper ventas de ficción -en particular el retrato de la Nueva York de la década de los 80 que hizo en su primera novela, La hoguera de las vanidades- hasta largos reportajes, como su libro Lo que hay que tener, sobre los inicios de la exploración espacial. Muchos de sus textos han pasado a ser de lectura obligatoria en las escuelas de periodismo, por su dinamismo, su capacidad de provocación, y el impresionismo de sus descripciones. También, por el uso -y abuso- de los elementos estilísticos, de la ficcionalización, y de la presencia del narrador -en el relato. Y, desde luego, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡por la presencia en dosis masivas de signos de puntuación (¡¡¡¡vinieran al caso o no!!!!!!) Y DE MAYÚSCULAS!!!!!!!!!!!Wolfe fue el ideal platónico de cosmopolitismo y dandismo militantes y neoyorquinos, a pesar de que en sus artículos siempre abunda la crítica a las élites culturales de esa ciudad. Es solo una contradicción más en alguien que, como suele ser el caso en muchos ejemplos de dandismo cosmopolita, tuvo unos orígenes que representaban exactamente lo contrario de esos valores.

Thomas Kennerly Wolfe había nacido en la adormecida y racista ciudad de Richmond, en Virginia el 2 de marzo de 1930. Su padre, director de la revista agrícola El plantador sureño, fue una de las mayores influencias a la hora de que el joven Tom optara por las letras, algo que él tuvo muy claro desde la infancia (su madre, diseñadora de jardines, trató sin éxito que fuera artista).

Cuando, a los ocho años, Wolfe empezó a escribir su primer libro, no optó por un tema menor o infantil, sino que se lanzó, directamente, a escribir una biografía, que nunca terminó, de Napoleón. "Hay una ventaja muy grande en tener la impresión - erróneamente o no - de que se tiene una vocación desde pequeño, porque a partir de ese momento empiezas a concentrar todas tus energías hacia ese objetivo", declararía el periodista en 1991, cuando estaba en la cima de su fama y prestigio, a la revista literaria estadounidense The Paris Review. No sabemos cómo era el estilo del Wolfe a los ocho años. Pero de lo que no cabe duda es de que su tendencia a romper las normas estilísticas a cualquier precio estaba bien asentada.

Tuvo que reescribir su tesis doctoral en la Universidad de Yale para hacerla más objetiva. Y, cuando obtuvo el título, rechazó cualquier trabajo en el mundo académico para dedicarse al periodismo. Así es como acabó en The Washington Post, que en aquella época no era el gigante en que se convertiría poco después, donde "los jefes no sabían qué hacer con el talento heterodoxo de Wolfe", según narra el ex corresponsal del diario Chalmers Roberts en su libro In the Shadow of Power.

Así, tras cubrir la revolución cubana, la futura estrella se fue a Nueva York, a trabajar en el Herald Tribune en 1962 "como un animal atado con una correa", en palabras de Roberts. Y allí Wolfe tuvo la oportunidad de su vida: una huelga que le dejó sin trabajo y sin sueldo. Fue un golpe brutal. Wolfe era tan pobre que solo podía permitirse un traje que sirviera para el verano y el invierno, así que optó por uno blanco, que valía, literalmente, hiciera frío o calor, como ha explicado uno de sus discípulos, Michael Lewis, en la revista Vanity Fair. Necesitaba trabajar, y se dirigió a la revista Esquire, que se convertiría en el nido del Nuevo Periodismo, con otras plumas de la misma cohorte, como Gay Talese. Así es como Wolfe viajó a California a hacer un reportaje sobre las carreras de coches customizados. Fue un desastre.

El periodista no sabía cómo escribir la historia. Así que Byron Dobell, su jefe (¿qué ha pasado con esos jefes?), le dijo que, simplemente, le escribiera un memorando, al que darían forma en Nueva York. Wolfe le mandó a Dobell una parrafada que arrancaba con las palabras "Querido Byron", tras las que seguía una especie de monólogo interior lleno, en el más puro estilo del periodista, de palabras sin sentido ("¡varooom, varoom!", "thphhhhhh" para imitar el sonido de los motores y de los neumáticos, por ejemplo).

Al jefe de Wolfe le gustó tanto que le quitó el "querido Byron" y dejó lo demás. Acababa de nacer la estrella del Nuevo Periodismo. Wolfe siempre tuvo vocación de mito. Su traje blanco se convirtió en su signo de identidad. Una extravagancia más en un estilo extravagante.

A medida que fue avanzando en su carrera se dedicó más y más a la crítica de la cultura dominante en Estados Unidos y, en particular, de la izquierda neoyorquina. Su reportaje sobre el director de orquesta Leonard Bernstein (Radical chic) es un cuidadoso descuartizamiento de de lo que hoy llamaríamos "la izquierda caviar". Su moralismo fue creciendo, y alcanzó su cénit en La hoguera de las vanidades, publicada en 1985.

Casado con una diseñadora de portadas de Harper's, con quien tuvo un hijo y una hija -ella trabaja en The Wall Street Journal-, vio decaer su fama a partir de la los 90. La crítica le acusó de repetitivo, de ir cayendo en clichés, y de disfrazar de novelas lo que eran, en realidad, reportajes ficcionalizados, algo especialmente visible en sus dos últimas novelas, Soy Charlotte Simmons, de 2004, y Bloody Miami, de 2012.

La élite intelectual de la que formaba parte pero a la que criticaba sin piedad perdonó como una extravagancia su falta de simpatía por los críticos de Ronald Reagan, pero no le toleró que apoyara a George W. Bush. A él no pareció importarle lo más mínimo. Al fin y al cabo, había cambiado el lenguaje escrito y hablado de EEUU. Ése ha sido su legado.

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